CONCIENCIA PROFESIONAL
Mi nombre es Archer. Lew Archer. Soy detective privado, una especie de sociólogo pobre, de sacerdote degradado. Perseguidor de ladrones, descubridor de cadáveres y oídos prestos para todo el mundo, soy un contragolpeador, como la mayoría de los norteamericanos. Rastrillo humano, consejero aficionado, hombre de acción –por lo que sé, un perro de presa, un chacal-, bendito gemelo (*) y partero de los recuerdos, soy un fantasma del presente a la caza de un minuto sangriento del pasado. Acompañado de mi complejo mesiánico, no soy más que un tipo que trae malas noticias y a quien ajustician; un mensajero portador de malas nuevas, igual a aquellos a quienes en los viejos días, se les daba muerte.
Fui policía y aún lo soy, en cierto sentido. No soy más que un ex policía que trata de ganarse la vida poniendo en venta sus servicios, lo que no quiere decir que tenga de vendérselos a cualquiera. Hago lo que mis clientes quieran mientras que no sea ilegal y tenga sentido. Trato de moverme como un neutral en la tierra de nadie entre los sin ley y la ley: pero cuando la violencia se desata, generalmente sé de qué lado estoy.
En mi oficio no se puede hacer siempre lo que se quiere. A veces sirvo como catalizador de perturbaciones, y no siempre con renuencia. Detesto ver morir a la gente, pero a veces no puedo impedir la muerte de alguien y a veces provoco la muerte de otros. Las vidas ajenas son mi trabajo, mi pasión y supongo que también mi obsesión. El mundo, para mí, significa muy poco fuera de la gente que lo habita.
Me gano la vida viendo mucha vida. La mayor parte de mi trabajo consiste en observar a la gente y juzgarla. En cierto sentido represento a la justicia, pero sería demasiado largo precisar en qué sentido. Una de las dificultades peculiares de mi trabajo es la de que, a menudo, tengo que cumplir una función pública con medios privados. Mi regla fundamental: nunca decir a nadie más de lo que necesita saber porque seguramente lo transmitirá a otros. Virtudes de un detective de primera: honestidad, imaginación, curiosidad y amor al prójimo. Hay cantidad de investigadores privados que se alimentan de una dieta constante de quimeras.
Me gusta algo de peligro. Peligro domesticado, controlado por mí. Me da sensación de poderío, supongo, tener mi vida entre mis manos y saber condenadamente bien que no la perderé. Y que hago este trabajo porque me gusta el peligro es una tan buena como cualquier otra, pero no es, sin embargo, la verdad. En realidad heredé el oficio de otro hombre: de mi mismo cuando era más joven. En ese entonces solía pensar que el mundo estaba dividido en buena y mala gente, que era posible adjudicar la responsabilidad por el mal a ciertas personas determinadas y castigar a los culpables. Todavía me dejo llevar por los impulsos.
Una vez que estoy en un caso tengo que permanecer en él hasta el fin. Es más que curiosidad. Me da vuelta en la cabeza como un disco chillón, una especie de catecismo criminal. ¿Qué cosa? Sangre. ¿Dónde? Allí. ¿Cuándo? Entonces. ¿Por qué? Quién sabe. ¿Quién? El. Ellos Ella. Aquello. Nosotros. Especialmente, nosotros.
Hay una violencia en mi rama de los negocios. Pero no me gusta la violencia a sangre fría ni la gente que además amenaza a los otros con eso. Es un trabajo sucio en el que estoy metido. Todo lo que puedo hacer es vigilarme y mantenerlo lo más limpio que pueda. Actúo de la manera más recta posible. No niego que alguna vez haya estado tentado de utilizar a la gente, de jugar con sus sentimientos, de apremiarlos. Estos son los males profesionales de mi trabajo.
Gano el suficiente dinero como para poder vivir. Pero no hago mi trabajo por el dinero que pueda retribuirme sino porque quiero hacerlo. Que sea sucio o no, depende de quién los realiza. Igual que la medicina o cualquier otra profesión, trato de no ensuciarla y no siempre lo consigo. Muchas veces cometí errores fundamentales al juzgar a la gente. Algunas personas creen, automáticamente, que porque uno es detective tiene que ser un pícaro y procede de acuerdo con ese prejuicio. Todo el mundo odia a los detectives y los dentistas. Nosotros les retribuimos el odio.
La sospecha es uno de los riesgos de mi ocupación. Sospecho de todo el mundo. Es una deformación profesional. Y dudo prácticamente de todos y de todo: un hábito que me han transmitido, por ósmosis, mis clientes. Con el tiempo, como detective privado, uno adquiere unas pocas ideas rudimentarias sobre la gente y desarrolla una especie de instinto para reconocer a los buenos. La tortura especial que significa esta profesión es ver como la máquina automática –que nadie sabe cómo parar- empieza a tragar personas que han estado ligadas a uno y a las que se les tiene afecto. Debo admitir que, aun sabiendo cómo, yo tampoco la detendría.
La coincidencia rara vez sucede en mi trabajo. Si se cala lo bastante hondo, casi siempre se encuentra una raíz que se bifurca. El aspecto y sentido de los casos cambian. Siempre lo hacen cuando unos se va compenetrando de ellos. La sensación de vivirlos por dentro es lo que a veces uso como droga para seguir adelante. El crimen siempre me interesa.
En ocasiones casi he deseado ser sacerdote. He comenzado a fatigarme de los sufrimientos de la gente, y me pregunto si un traje negro y un cuello blanco podrían ser una protección adecuada. Nunca lo sabré. Mi abuela me había destinado al sacerdocio, pero he elegido otro camino. Yo elegí esta profesión o ella me eligió. Me obliga a chapotear en el dolor humano.
Lo mismo que otras almas perdidas y absurdas, en un caso conocí a un personaje que sentía el impuso de ayudar a la gente, de suministrarle psicoterapia..., aunque de ese modo la destruyese. Y probablemente era él quien más la necesitaba. “Cuidado”, me dije, “o dentro de poco querrás ayudarlo vos a él de ese modo: Archer, echa una ojeada a tu propia vida...”
Pero prefiero no hacerlo. Estoy cansado de preguntar. Me resulta preferible hacer yo las preguntas antes que verme obligado a contestarlas. Es una mezcla de lástima y vergüenza la que me mantiene trabajando entre almas perdidas que viven en el infierno. Mi tema preferido de estudio está formado por otros hombres, perseguidos en sus cuartos alquilados, hombres que envejecen y se aferran a la virilidad antes de que caiga la noche y se sientan súbitamente ancianos. Si uno es el terapeuta. ¿acaso necesita terapia? Si uno es el cazador, no pueden cazarlo. ¿O sí?
Con la gente casi siempre ocurre que sabe algo que no ha dicho. Por eso tengo una vida dura e interesante. Por ejemplo, nunca hay que discutir con los testigos. No concierne discutir con una fuente de información. Cada testigo tiene su forma de ir acercándose a la verdad.
Décadas de trabajar como detective también provocan cambios en un ser humano. Para un hombre de mi oficio, un caso que se complica es como un amorío del cual uno no puede apartarse aunque día a día le desgarre el corazón. Algunas condiciones que impongo a mis clientes siempre están implícitas. A veces tengo que hacerlas explícitas. Tengo una licencia que puedo perder y una reputación. Como detective privado tengo una carrera limpia y no empujo a los que se encuentran a mi alrededor, excepto si ellos empiezan a empujarme. Ente mi obligación para con la ley y con un cliente que confía en mí, y mi obligación para con un cliente en quien ya no confío, mi sentido ético sabe que no debe vacilar.
Una vez un cliente me dijo que se podía echar un secreto dentro de mí y no sentirlo nunca tocar fondo. Tengo palabra. Fui oficial durante la guerra, pero lo de caballero no prendió. Ser guardaespaldas no es mi idea de un trabajo decoroso. Todo lo más que se puede conseguir de mí es alquilar mis servicios de investigador privado.
Estos acostumbrado a reprimir el temor. Leo todo el diario, incluso los avisos clasificados, que a veces nos dicen más sobre una ciudad que las mismas noticias. Tengo que admitir que he vivido muchas noches metido en diferentes casos, moviéndome a través del gran cuerpo quebrado de la ciudad, estableciendo conexiones entre sus millones de células, y que tengo un loco deseo o fantasía de que algún día, antes de morir, si llego a establecer las conexiones neurálgicas correctas, toda la ciudad volverá a la vida como la novia de Frankestein.
Pero estoy cansado. No debería tratar de influir en la vida de los demás. No da resultados.
(*) El subrayado no pertenece al original. La alusión es directamente astrológica, se refiere a su condición de geminiano, al símbolo de su signo.
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